23.5.13

UNA VISITA AL SUPERMERCADO

Hoy no voy a opinar. Habrá quien me diga que cualquier selección, y más de este tipo, es ya una opinión. Y tendrá razón.. Pero no voy a hacer comentarios. Pondré las imágenes y a continuación una descripción lo más aséptica posible y que cada uno juzgue. Bueno, sí, sólo un comentario: ¿De verdad vivimos mejor gracias a estos avances?



Según el etiquetado del lineal nos encontramos ante una "mantequilla fácil de untar"; según el envase ante un "preparado a base de mantequilla y aceite vegetal". Los ingredientes son mantequilla, aceite vegetal sin determinar (25%) y cultivos lácticos. El precio, 9,4€/Kg. Más caro que cualquier mantequilla o margarina disponible en el mismo supermercado. En el envase lo pone muy claro: Tradicional. 


Aceite de girasol "desarrollado especialmente para repostería". Enriquecido con un emulsionante procedente de las mismas semillas que hace que tus masas liguen mejor. Entiendo que antes de que alguien tuviera la idea de mejorar el aceite con aditivos las masas no ligaban. Ya lo sabes: así tu repostería será más jugosa, esponjosa y de textura ligera. 


Preparado para tortilla de patata. Con cebolla. Los ingredientes son patata, cebolla, aceite y sal. 1,95€ por el equivalente a una patata mediana pero, eso sí, pelada y cortada. 

Bienvenidos al supermercado del futuro, donde todos los ingredientes son mejorados, más fáciles y más rápidos.



21.5.13

UNA MAÑANA EN ABASTOS 2.0

Me gusta la gente versátil y con capacidad de improvisación. Y esa es una de las cosas que me gustaron desde el principio en Abastos 2.0, porque esa era exactamente su filosofía: si no hay más espacio lo hacemos en menos, si no hay sitio para separar la cocina la integramos en la sala, si el local da para lo que da lo abrimos a la calle... los obstáculos -que los había, y muchos- no fueron un problema insalvable para poner en marcha el proyecto que tenían en mente. Y ahí están, tres años después, con algunos de esos obstáculos vueltos a su favor y convertidos en señales reconocibles de su identidad.



Así que cuando me llegó una propuesta que implicaba buena dosis de creatividad, de capacidad de adaptación y de improvisación, pensé automáticamente en ellos. Me puse en contacto con Iago por Whatsapp:

- "Oye Iago, me proponen esto, a ver qué te parece. Sé que es precipitado, pero ya me dices. Te paso los detalles por email".

Su respuesta, al poco rato de recibir el correo:

- "Adiante!"



Así que a los pocos días estaba allí. La cosa consistía, básicamente, en hacer algo rápido y al mismo tiempo sencillo a partir de media docena de conservas de producto del mar de calidad. Y hacerlo, además, en un tiempo limitado y delante de una cámara. Son cosas que ellos no tienen en carta y de las que, aunque sabíamos las líneas generales, no conocimos el detalle hasta el momento de colocarnos los micrófonos debajo de la chaqueta. No sabíamos, por ejemplo, si iban a llegar almejas, percebes, algas o jurelitos en escabeche.



No quiero decir con todo esto que se trate de platos antológicos o de ideas acabadas. Pero son, eso sí, bocetos a vuelapluma, ideas sobre las que tal vez se podría seguir trabajando en el futuro pero que, más allá de servir para ejemplificar esa versatilidad de las conservas que perseguíamos, demuestran cómo no siempre hay que complicarse mucho y cómo con ganas de hacer cosas se pueden conseguir resultados de lo más satisfactorio aun cuando las condiciones no sean, ni mucho menos, las idóneas.



Me gusta que, pese a que toda esta historia salió adelante con bastante poco tiempo, la víspera por la tarde me estuvieran llamando para controlar todos los detalles y que cuando llegué al local a primera hora (de un martes, día de inicio de semana con todo lo que implica en cocina) estuviera todo listo para ponernos en marcha. Y lo que es mejor, que lo hiciéramos con esa sensación de tranquilidad y de buen humor que tengo siempre en este local.



Al final, entre las prisas y las risas, lo que acabó llegando a la mesa (y puedes ver en parte en las imágenes. Tomadas con Instagram, poro cierto. Hoy no llevaba cámara) fueron:


- Una versión de ensaladilla rusa: patata, zanahoria, aceituna, atún y agua de tomate asado.
- Espárrago del Deza con flores, mayonesa de atún y atún.
- Espagueti de mar con encurtidos y acelga cruda.
- Wakame con rabanitos y aceite de ajo y guindilla.
- Zamburiñas en salsa de vieira con tomate asado (jugando con la idea de la zaragallada de las empanadas)
- Sardinillas con crema de queso y Galleta Mariñeira.



Una revisión de cinco conservas de calidad en apenas 30 minutos de cocina con las cámaras por el medio, con los proveedores llegando a cada momento y con cortes para repetir tomas. Eso es lo que me gustó de Abastos 2.0 hace ya más de tres años y eso es lo que me sigue gustando cada vez que vuelvo.

Ahora, si esto es lo que se sacan de la chistera así, a salto de mata, te recomiendo que te pases por allí cuando tengas ocasión a probar su cocina de verdad. Y luego me cuentas.

15.5.13

LA PREOCUPANTE FALTA DE ORIGINALIDAD

En España tenemos, por suerte, un altísimo nivel de creatividad en la cocina que hace que propuesta como las de Andoni Aduriz, Quique Dacosta, Paco Morales o Ángel León, por citar sólo a algunos, sean únicas a nivel mundial. Pero también es cierto que tenemos una cierta tendencia a volver sobre fórmulas ya ensayadas  de una manera que, por insistente, resulta preocupante.

No hace tanto, los coulants aparecían aquí y allá en infinidad de cartas de restaurantes. Algo después algunos -los más lanzados- se empeñaron en servir sferificaciones. Algunas aceptablemente buenas, otras, las más, tendiendo a lo recauchutado. Pero da igual, había que servirlas. Eran un éxito seguro, un impacto para lucirse ante un público curioso pero no siempre al día de lo que se estaba haciendo. Espumas, sifones, a veces petazetas...

Pero si hay algo que en mi opinión está empezando a pasar ya de simple moda a recurso facilón que se explota hasta el hartazgo es la fusión. Y más en concreto la fusión de la cocina local con la japonesa, la peruana y, en menor medida, la mexicana. Da la sensación de que la creatividad no es capaz de ir más allá de lo que marquen los hermanos Adrià, Gastón Acurio y alguno más y que no hay más cocinas en el mundo que valga la pena investigar.

No quiero decir con todo esto que explorar esas vías no valga la pena. De hecho, creo que los mencionados Acurio y Adrià (junto a algunos más) están haciendo mucho para poner en el mapa esas cocinas y, con ellas, elementos para el desarrollo y otras cuestiones igualmente interesantes. Pero, por favor, no todo el mundo tiene que hacer lo mismo. Ni a todo el mundo le sale, que eso es otra. Pero, en cualquier caso, lo que alguna vez fue revolucionario y luego llegó a ser tendencia va camino hoy de ser un síntoma de un preocupante agotamiento de las ideas. japo-aragoneses, japo-gallegos, cocina nikkei con productos españoles... en un caso puede estar bien. O en dos. Pero, ¿De verdad en 2013 eso es lo más creativo que podemos aportar?.

Me explico. La influencia de la cocina asiática ha sido fundamental para los últimos 40 años de alta cocina europea. Desde que algunos de los grandes nombres de la Nouvelle Cuisine viajaron en la primera mitad de los 70 a Oriente el peso de esa cocina no ha dejado de crecer entre nosotros. Primero fueron las técnicas de cocción (y la aparición de cocciones más breves, sobre todo en pescados), los caldos acidulados; después el uso de técnicas derivadas del wok, los nuevos cortes de pescado... Primera mitad de los 70, repito. De ahí nacen cosas como la lubina marinada de Toñi Vicente, que hoy no sorprende a nadie, pero en la España de los primeros 80 fue impactante.

Al mismo tiempo, aunque por otro lado, se abre una nueva vía de penetración. El japonés Nobu Matsuhisa, tras estudiar cocina en Japón, emigra a Perú, donde abre su primer restaurante y entra en contacto con la comunidad nikkei (la comunidad japonesa asentada en aquel país). En 1987, ya instalado en Los Angeles, abre su primer restaurante, desatando la fiebre por la cocina japonesa en Estados Unidos e introduciendo por primera ante el público occidental conceptos de la cocina nikkei. De esto hace 26 años.

Paralelamente, mientras el fenómeno Nobu se expandía por Estados Unidos y abría al poco tiempo restaurante en Londres, en Francia aquella influencia de la primera Nouvelle Cuisine siguió presente. Así, no es difícil encontrar platos como la ensalada de cigalas y su buñuelo, costra de basmati al curry, mango verde y col encurtida de Paul Haeberlin (del año -ojo- 1990), ejemplos de una tendencia que se asentó como una vía de evolución natural dentro de la cocina francesa contemporánea.

Así que hace un cuarto de siglo, por lo menos, que la fusión con elementos asiáticos había sido más que ensayada en alta cocina y que la cocina nikkei había asomado la cabeza por primera vez.

Aquí, en España, el fenómeno eclosiona a mediados de los años 90. Por un lado ElBulli empieza a experimentar con revisiones de platos clásicos (aunque sean chino-americanos) como el chop suey de almejas (1994), con sashimis occidentalizados (pulpo en sashimi con pollo confitado, 1995) y algo después con tempuras (especialmente a partir del 2000) para que, con el paso del tiempo, esa vertiente asiática pasara a formar parte natural de su cocina: lenguas de pato con morralets (1999), maki de espárrago blanco (2001), escupiña con yuzu, azafrán y kombu (2005), médula de atún con dashi y caviar (2011), empanadilla de nori, yuzu y sésamo negro (2011).

Al mismo tiempo, Alberto Chicote abre en 1998 su restaurate Nodo, convirtiéndose en el pionero de la cocina de fusión hispano-nipona y explorando por primera vez elaboraciones basadas en técnicas orientales, como el tataki, que hoy son ya clásicas en infinidad de restaurantes y locales de tapas.

De todo esto hace, al menos, 15 años. Y desde entonces hasta aquí ha habido muchos y muy interesantes aproximaciones al asunto: el aguacate con hondashi de Quique Dacosta (2011) o la galera con nori e hinojo de este mismo cocinero (2011), por citar únicamente dos ejemplos. O las propuestas de restaurantes como Sudestada, DiverXO, Dos Palillos y algunos otros que, cada uno desde su enfoque personal, han ido profundizando en el tema.

Y con todo esto ya plenamente establecido van apareciendo en escena otros elementos: en 2003 Joel Robuchon abre su primer Atelier Robuchon, inspirado en alguna medida por las barras de tapas mediterráneas (y en especial parece que por la fantástica barra del Nou Manolín de Alicante), pero también por la experiencia de la barra de sushi. Por primera vez se rompe la rigidez de la ruptura cocina/sala en alta cocina y se propone una pérdida objetiva de confort al cliente a cambio de una experiencia gastronómica novedosa. Y todo bajo el prisma de la influencia asíatica y hace una década. En 2008 Albert Raurich, antiguo jefe de cocina de ElBulli, adaptará la fórmula en su Dos Palillos consiguiendo un espacio de tapeo a caballo entre dos mundos con una enorme personalidad.

David Muñoz ha sido capaz de revolucionar el panorama madrileño desde hace seis años desde esta perspectiva de fusión y revisión basada en las cocinas asiáticas. Primero en su DiverXO y ahora, añadiendo a la fórmula el paso por la comida callejera asiática, en el StreetXO.

De esa manera, a lo largo de más de tres décadas la fusión asiática ha ido ganando espacio en la cocina occidental, y más en concreto en la española, de tal modo que a día de hoy resulta difícil verla como una novedad. Nouvelle Cuisine, Nobu, ElBulli o Chicote están en el arbol genealógico de lo que estamos viendo hoy en día.

En otros puntos de Europa ha pasado más o menos lo mismo. De Francia ya hemos hablado y de un Londres en el que se instaló Nobu hace décadas, en el que hay restaurantes como el Hakkasan o el Mint Leaf, no vale la pena insistir. En 2008, hace 5 años, estuve en Berlín en un restaurante, el Heat, por entonces de moda con una propuesta novedosa: la fusión de la cocina india con la europea. Pero 5 años, en estas cosas, son un mundo.

¿Y qué pasa con las otras influencias de las que hablábamos? La semilla de la fusión nikkei la puso el fenómeno Nobu, pero es cierto que hasta después de 2005 no eclosionó. Cuando vi al cocinero Toshiro Konishi, japonés afincado en Perú, en el congreso Andalucía Sabor de 2009 hablando del tema lo cierto es que por aquí resultaba bastante novedoso. Pero va a hacer cuatro años de aquello. Y desde entonces Gastón Acurio, que ya entonces estaba presente, se ha convertido en un imprescindible del panorama gastronómico internacional abriendo en España su Astrid & Gastón y, más recientemente, el barcelonés Tanta.

El resultado de todo esto ha sido la aparición, en los últimos 3-4 años, de toda una serie de propuestas inspiradas más o menos en ese planteamiento. En Madrid podríamos hablar de restaurantes como Wakathay, Nikkei 225 o Chifa (que explora la cocina de la comunidad china en Perú), pero en Barcelona habría que añadir el Pakta de Albert Adriá, que ya exploraba esta vía hace varios años con platos de su restaurante Tickets como los boquerones en ceviche.

Y si seguimos haciendo arqueología del asunto de nuevo tenemos que volver a ElBulli, donde al menos desde el año 2005 se estaban explorando las cocinas americanas (no sólo la peruana) con platos como el ceviche de lulo y moluscos (2011), el taco/sashimi (2000), el taco con sisho, yuzu y wasabi (2003), el taco Oaxaca (2011), la quinoa germinada con callos de pollo al tucupí (2005), etc.

Dani García viene introduciendo ceviches y tiraditos en su carta (tanto en Calima como en MilMilagros) al menos desde 2010, al mismo tiempo que explora otras fórmulas de fusión (dumpling de colitas de cerdo ibérico),  del mismo modo que Paco Pérez, José Andrés (ceviche de erizos)... Y no es un fenómeno exclusivamente español. Pienso en las propuestas del parisino Agape Substance, de David Toutain, en las que abundan miso y sésamo negro, pero también maiz, comino o cilantro. Pienso en el Sea Me de Lisboa y en tantos otros.

Con México pasa otro tanto. ElBulli lo exploró en su momento (hay versiones de tacos en carta al menos desde 2003) y el restaurante Punto MX fue la revelación de 2012 en Madrid. Albert Adrià prepara la apertura de un restaurante de raiz mexicana en Barcelona.

Así que todo eso de la fusión asiático/peruana/mexicana con las cocina locales es ya un viejo conocido. Sus raíces se hunden al menos 40 años en la historia de la cocina europea y su explosión a nivel español tiene ya más de 15 años. Es por eso por lo que me sorprende la capacidad para innovar, para ir mas allá y aborregamiento que supone seguir  la moda, cinco años después, como si no existiera nada más.

Ahora mismo, a mediados de 2013, la cosa ya no resulta ninguna novedad. Cualquier capital de provincia que se precie tiene un sitio que sirve tatakis o ceviches, seguramente un restaurante con propuestas nikkei (pienso en el bar de Ernesto Malasaña en Sevilla, sin ir más lejos). Con este panorama en mente ¿De verdad montar ahora un sitio de fusión japonesa o peruana es innovador? ¿Aporta algo?

Sinceramente, en ocasiones me sorprende la capacidad que tenemos para ir a rebufo, para no ser capaces de innovar en una dirección hasta que alguien nos diga que esa es la vía. Seguramente mañana, o en un año o en dos, alguno de los hermanos Adrià, Acurio, Atala o alguien en su lugar descubrirán otra cocina. No sé si la libanesa, la kurda o la nepalí. Y cuatro o cinco años más tarde -no mucho antes- seguiremos viendo estos chispazos de supuesta modernidad en pueblos con ganas de sentirse a la vanguardia.

Es duro constatar como podemos tener internet y viajar con frecuencia a Londres pero en estas cosas poco ha cambiado. Hace 20 años era moderno en Estados Unidos, hace 15 entró en España, donde eclosionó hace más de 5. Y sólo ahora  llega la banalización de una fórmula sobada a todos los rincones.  La verdad es que puede estar muy sabroso, pero resulta bastante descorazonador ver como todavía funciona la fórmula y, sobre todo, cómo aun hay un público que la encuentra fascinante y novedosa. Dice mucho sobre nosotros y lo que dice, sinceramente, no acaba de gustarme. Tras todos estos años uno esperaría un poquito más de creatividad.

10.5.13

LA REPOSTERÍA CONVENTUAL Y NUESTRA RELACIÓN CON LA TRADICIÓN GASTRONÓMICA

¿Cuántos habitantes de vuestra ciudad creéis que pueden decir, sin pensarlo demasiado, cuántos conventos locales venden repostería y qué especialidades tiene cada uno de ellos? ¿Un 1%, un 5% con suerte?

En 2010 me encargaron un trabajo para el Forum Gastronómico de Santiago sobre repostería conventual en los caminos de Santiago. Se trataba de rebuscar un poco qué conventos y monasterios del Camino seguían ofreciendo productos dulces de su cocina y, en la medida de lo posible, rastrear sus orígenes. Así fue como recopilamos la tarta de Santiago o las galletas de claras de San Paio de Antealtares (Santiago), los almendrados de Belvís (Santiago), las pastas y el licor Eucaliptine de Oseira o las mermeladas de Sobrado dos Monxes.

Dulces conventuales de Alcobaça

Pero qué cosas concretas recogimos para aquella charla no es importante. Lo significativo es que cuando fui preguntando me encontré con que mucha gente no sabía que en los tornos conventuales se pudiera comprar dulces y mucha otra sabía que era posible, pero no era capaz de decirme qué comprar en cada uno. Me di cuenta de que, como norma general, existe una desconexión enorme entre la repostería actual de los conventos y los lugares en los que éstos se ubican. Nos encantan esas tiendas que venden cajitas de yemas y pastas de monasterios de media España y llenamos esas ferias, normalmente hacia navidad, en las que nos ofrecen surtidos llegados de conventos de un buen puñado de provincias que no son la nuestra, pero luego buena parte de los compostelanos no saben que la tarta de Santiago tiene, más que seguramente, su origen entre los muros de Antealtares. Y hablo de Santiago como podría hablar de casi cualquier otra ciudad. Hay excepciones, como la localidad lucense de Viveiro, pero no son la norma.

La cosa es especialmente curiosa cuando te das cuenta de que buena parte de la repostería que hoy consideramos tradicional, aunque no vinculada ya a los conventos, tiene seguramente su origen en ellos. Y es probable que otras tradiciones gastronómicas (relacionadas por ejemplo con el vino, con el queso, con la elaboración de otras especialidades como los pastelones y timbales...) salieran originalmente también de esas cocinas. El peso de las órdenes monásticas en la conformación de nuestra forma de comer es muy significativo, por eso me sorprende cómo en España hoy en día tendemos a ningunearlos.

Dulces tradicionales de Guimaraes

Todo lo anterior me resulta aun más sorprendente cada vez que vuelvo de Portugal. Amarante, Alcobaça, Évora, Vila do Conde o Coimbra son ciudades en las que aun hoy la presencia de esa tradición gastronómica (y especialmente repostera) conventual sigue especialmente viva. No hay que ir preguntando por los tornos o buscando una tienda especial. Simplemente entrando en buena parte de las pastelerías o cafetería de corte más o menos tradicional es fácil encontrarse con esas especialidades. En muchos casos, incluso, salidas esa misma mañana del torno del convento. Y siempre hay alguien que te sabe explicar de dónde viene cada una. No es difícil encontrarse en el mostrador del bar el nombre del dulce y su lugar de procedencia.

                                       
Vila do Conde

Pero incluso en lugares en los que esa tradición conventual no es tan directa hay dulces como los pastéis de Belem de Lisboa o las queijadas de Sintra que se deben a ese origen. Es curioso, en cualquier caso, cómo en Portugal esa relación gastronómica sigue plenamente viva mientras que aquí le hemos ido dando la espalda.

Pastelería con especialidades conventuales en Alcobaça

Más allá de los recetarios de dulces más o menos elaborados (que están muy bien) que de vez en cuando se publican, el día que de verdad nos pongamos a recuperar la relación con la gastronomía conventual y, sobre todo, a estudiar su evolución y su influencia en nuestra forma de alimentarnos de una manera más o menos científica estoy seguro de que tendremos muchas y muy interesantes sorpresas.

9.5.13

EL PULPO Y LA IDENTIDAD

Hay cosas que uno no entiende hasta que les da un par de vueltas. Una de ellas es el motivo que me lleva a ir a Santiago hoy, día de la Ascensión (una de las dos fiestas principales de la ciudad) a tomar una ración de pulpo en las carpas que se instalan en la Alameda aun sabiendo que será seguramente más caro que habitualmente, decididamente más incómodo y que la experiencia tendrá muchos puntos que en cualquier otro contexto me resultarían irritantes. Y, lo que es más, aun con todo eso me gusta, así que tiene que haber algo por debajo.



Hoy lo hice y aunque, tal y como había previsto, fue más incómodo y más caro de lo que normalmente uno aceptaría la sensación general es buena, lo que me lleva al que, seguramente, es el meollo de la cuestión y que es el mismo por el que una misma comida (pongamos un estupendo menú degustación en un gran restaurante) compartida con amigos o con tu pareja es una experiencia memorable y comiendo tú sólo puede ser algo bastante tristón. Comer es, como digo tantas veces, sólo el final de la historia. Y en este caso es un final que varía mucho en función de todo lo que lo acompañe. Comer es un acto cultural y social, así que cuando uno hace una de estas cosas (ir a un restaurante excepcional dentro de su día a día, ir a comer a la fiesta del pueblo...) está comiendo, claro, pero antes que eso incluso está cumpliendo con una serie de ritos.

El otro asunto al que me quedé dándole vueltas tiene que ver con mi pareja. Italiana, con no mucho tiempo en Galicia a sus espaldas. Hoy fue por primera vez a comer pulpo y churrasco a una feria más o menos tradicional. Y publicó alguna foto y algún comentario en redes sociales. El éxito de esas publicaciones, muy especialmente entre gente de esta zona del mundo, fue tan llamativo que tiene que responder a algo más que a la comida que aparecía en las imágenes. ¿Por qué ese plato de pulpo, si lo publico yo, tiene menos éxito? ¿Por qué si lo publica ella pero desde otra localización el impacto es diferente? De nuevo los rituales.

En mi caso se trata, seguramente, de algo parecido a un ritual de pertenencia. Es una forma de reafirmar la pertenencia a una comunidad cultural. Porque, al final, tendemos a identificarnos por lo que comemos, cómo lo comemos y con quién lo comemos. De la misma manera que Estrabón, el autor romano (aunque nacido en  Ásia Menor), definía a los bárbaros entre otras cosas por su forma de comer, tan diferente a la de los pueblos civilizados, aun hoy tendemos a definirnos mediante la comida: comer en éste o aquel tipo de restaurante nos sitúa social y culturalmente, desayunar manteca colorá también (el éxito de mis fotos de caracoles tomados en Andalucía en temporada o de desayunos con manteca era similar al de las fotos que comento del pulpo y el vino de Barrantes). Si comes como nosotros eres uno de nosotros.

Comer pulpo se ha convertido en la quintasencia de la tradición gastronómica gallega, aunque no siempre lo fuera. Hacerlo en público, en los días señalados, te reafirma como miembro de una sociedad y de una cultura. Por eso hoy había algún cargo público en la carpa (lo sé por los escoltas a la entrada), algún escritor bastante popular y por eso, en poco más de media hora, vi a más de media docena de conocidos. Comer pulpo tú solo un martes por la tarde en un bar de barrio no es lo mismo. Aunque aquí pagues más y no esté necesariamente mejor, aunque te sientes en mesas comunes, tengas que pelear para que el camarero te haga caso y aunque los precios sean al menos un 30% más altos de lo que debieran.

¿Por qué quiero ir hoy a tomar una ración seguramente más pequeña y estar más incómodo? Porque es lo que siempre se hizo, porque recuerdo haberlo hecho con mis padres o con mis abuelos, porque es algo que, estando aquí, hay que hacer, porque ella nunca lo hizo y viviendo aquí... ¿No es curioso que ninguno de los motivos que me vienen a la cabeza tengan que ver con la comida?

Antropológicamente la cosa está bastante estudiada: simbolos vehiculadores (el pulpo), conexión extradoméstica de la comunidad (la carpa y las mesas comunes), la comida grupal como símbolo de pertenencia e interdependencia, la existencia de nexos en común por encima de castas, grupos sociales, etc. Lo curioso es hasta qué punto está eso metido en nuestra cabeza y cómo acabamos respondiendo a ello sin darnos cuenta.



En el caso de la extranjera que va a comer pulpo a la fiesta del pueblo la cosa es, seguramente, más interesante. De nuevo un antropólogo diría que estamos ante una manifestación pública de una intención de integrarse en el grupo y, de algún modo, ante un ritual de agregación: compartir la manera de comer (y disfrutarlo) es compartir el entramado cultural de una sociedad. Y el hecho de que sean precisamente los comentarios sobre esa comida, sobre esa fiesta y sobre cómo se disfrutó los que despiertan tanta interacción con gente de por aquí (otros miembros de esa misma comunidad cultural) es, en última instancia, un símbolo de aceptación, de que el ritual de agregación es correcto. Comes como nosotros, eres uno de nosotros.

No siempre nos acordamos de hasta qué punto la comida está ritualizada. Esos dos detalles sin ninguna importancia de este mediodía sirvieron para recordármelo.

Una ración de pulpo no especialmente generosa (9€), una ración de churrasco de cerdo con chorizo criollo y patatas fritas (12€), un pan más que aceptable (1,50€) y una botella de vino de Barrantes (6€). Con el clásico redondeo de la camarera la cosa costó 30€. No especialmente barato, dada la calidad, la cantidad y la comodidad de la experiencia. Pero se dan por bien pagados. Los rituales tienen cosas que la cabeza no siempre entiende.

3.5.13

PESCADOS SECOS

Normalmente, al hablar de pescados secos o salados tendemos a pensar en el bacalao y luego, si acaso, en arenques ahumados del norte de Europa y poco más. No solemos pensar (al menos yo no lo hago) en las mojamas y productos similares de la costa andaluza y levantina. Pero, aun más allá de ellos, hay toda una familia de pescados secos tradicionales que poco a poco van desapareciendo y que forman parte de nuestra cocina tradicional. Se trata de productos casi siempre artesanales que poco a poco van desapareciendo.

Tilapias africanas secas en Lisboa

Aquí, en Galicia, hubo desde siempre (volveré sobre ese "siempre" más adelante) tradición de secar pescados. Está documentada, al menos, desde la Edad del Hierro. Es una tradición que lleva más de 2.000 años entre nosotros, así que sería una pena que se perdiese ahora. En el blog he hablado ya de algunas semisalazones como los lañados y revenidos de sardinas y caballas, así como de los secaderos de congrio que todavía se conservan en Muxía (A Coruña) y que exportan casi toda su producción, que por lo que sé se consume mayoritariamente en Calatayud (Zaragoza). Había también mucha costumbre de secar caballas, diferentes tipos de escualos, rayas y pulpos e, incluso, de someter a ese proceso de semisalazón productos como las vieiras.

Corvinas saladas en Lisboa

Hoy queda poco de todo eso. Tengo noticia de algún secadero de caballa en la costa cantábrica (zona de Foz) pero, por lo que he ido sabiendo, la mayoría de las pervivencias de esta tradición se concentran en las Rías Baixas. Así, por ejemplo, en Vilaxoan se ha recuperado a través de una fiesta grastronómica la tradición de la sardina revenida. En toda la zona de O Morrazo (la etimología del nombre viene, por lo visto, de "moira", salmuera, y de la tradición salazonera de la zona al menos desde el final de la romanización) se conserva muy viva la tradición de la zapata, un pequeño escualo que se vende seco y que puede encontrarse en casas de comidas de Bueu, Cangas o incluso Vigo. Yo he tenido oportunidad de probarlo recientemente en Vigo, servido en caldeirada, y de conseguir un par de piezas, que preparé en casa a la gallega y a la plancha.

Atunes secos en Alicante

Más abajo, en la costa entre Vigo y Portugal, se conserva la tradición de los peixes de couro (similares a las zapatas), de las lixas y de los litanes, elaboración similar a base de escualos de mayor tamaño. Y, además de eso, sobreviven aun algunos vestigios de otras formas de conservación, dejando secar el pescado sobre las rocas calientes de la orilla expuestos al viento salado del mar. Algo semejante a lo que José Carlos Capel contaba no hace mucho en su blog sobre el tratamiento que se le da al rape en el puerto asturiano de Lastres.

Zapata de O Morrazo

De todas formas, revolviendo un poco y curioseando por ahí, voy viendo que no es, ni mucho menos, una tradición que se conserve sólo en el norte. Al contrario, hay otras zonas de la costa peninsular en las que se mantiene mucho más viva aunque, como casi siempre, los compartimentos estancos que tienden a ser las cocinas regionales hacen que unos desconozcamos mucho de lo que hacen los otros y que en ocasiones consideremos como único algo que hacemos, muy interesante pero parecido a lo que se hace no demasiado lejos.

Caldeirada de zapata en Vigo

El año pasado, sin ir más lejos, probé la conserva de sangacho (la parte roja, con más sangre, del bonito) en Lisboa, donde me enseñaron también una morena seca y donde en los ultramarinos de la Rúa do Arsenal puede encontrarse uno cosas realmente curiosas. Este año, hace unas semanas, volvimos a la ciudad y en una visita al mercado nos enseñaron toda una serie de pescados secos/salados: corvinas, rayas, atunes... un punto en el que la cocina tradicional portuguesa se une con la cocina del occidente africano. Aunque eso se me aleja ya del tema. Me contaban también como en Nazaré, en la costa central portuguesa, se secan los pescados sobre la arena cuando no llueve. Tengo que volver, a ver si tengo suerte.

Gata de Madeira frita. Taberna da Rúa das Flores, Lisboa

En el Algarve es tradicional el litao, la versión local del litán gallego. Y sin salir de Portugal, en Madeira, en la localidad de Cámara de Lobos, se conserva aun la tradición de la elaboración de la gata, un escualo algo más grande (que según me dijo el cocinero André Magalhaes se conoce también como sapata) que se seca al viento del mar. Lo probamos en la Taberna da Rúa das Flores de Lisboa. También de Madeira es el gaiado, un atún seco.

Secadero de lixas en A Guarda (Pontevedra). Foto: Xurxo González

Ya en la costa andaluza, aunque muchas veces desde fuera veamos únicamente las mojamas, hay todo un mundo de pescados salados. Hace unos días mis amigos Pepe Ferrer y Rodrigo Varela me mandaban unas fotos de pintarrojas secas (safio, en aquella zona) en Sanlucar. Pero hay más, mucho más: cazones, pez volador (conocidos allí como volaores) y atunes secos. Las fotos de el barrio de La Atunara, en La Línea, son espectaculares. Cazones, pintarrojas y similares, también secos, se encuentran en la costa de Almería.

Y de ahí se llega a la costa levantina, donde el mundo de los pescados secos vuelve a multiplicarse: atunes, capellanes, pulpos, gatet (o pintarroja. Curiosa la similitud del nombre con la gata de Madeira), algo más al norte el peix sec de Formentera (rayas, pintarrojas o músolas y cazones)...

Al final, parece que queda claro que, a grandes rasgos, se someten a este tipo de proceso tres tipos de pescado (insisto en que dejo fuera la familia de bacalaos, marucas, etc.): por un lado los pescados azules muy grasos, como las sardinas y caballas, que suelen salarse y prensarse, ya que la cantidad de grasa hace que su conservación sin sal sea mucho más complicada. De ahí salen las sardinas de casco o tabal y similares.  Por otro lado atunes y albacoras (imagino que también bonitos, aunque no he encontrado nada) que se secan, sobre todo, en Levante, Estrecho y mitad sur de Portugal (por cierto, nota personal: urgente visitar la costa alentejana para explorar). Por último está todo un grupo de pescados cartilaginosos, poco grasos, que se secan por exposición directa al viento del mar: rayas, cazones, pintarrojas, etc.

Zapata rehidratada

En cuanto al origen de todo esto, es difícil poner fechas, aunque los arqueólogos han ido trazando la línea que lleva hacia los focos iniciales. Parece que en algún momento de la Edad del Bronce se empezó, en la costa de Oriente Próximo y en la zona griega de Jonia, a experimentar con la salazón de pescados, aunque únicamente de manera puntual y sin que llegasen a cobrar importancia dentro del tejido económico. Desde allí parece probable que, con los navegantes fenicios, llegase la práctica a la zona del Estrecho, donde está documentada (en yacimientos próximos a Ronda) con anterioridad al S.VI. A.C.

Secadero de lixas en A Guarda. Foto: Xurxo González

De todos modos, siguió siendo una actividad económica residual hasta que, aproximadamente en ese S.VI, el puerto de Gadir (la actual Cádiz) sufre la crisis que suscitó el agotamiento de las minas de plata púnicas, por lo que tuvo que buscar alternativas económicas para subsistir. Es entonces cuando el secado/salado de pescado pasa a "industrializarse" y a convertirse en un fenómeno económico importante. A partir de ahí fueron los navegantes fenicios quienes, a través de la ruta del estaño, expandieron la cultura de la conservación del pescado hacia el norte, a través de la costa portuguesa y gallega. Lo mismo hicieron con sus rutas de navegación por la costa mediterránea española, lo que explica la expansión del fenómeno por Murcia, Alicante, Valencia y Baleares.

Así que hablamos de una familia de pescados procesados extraordinariamente rica y con muchos nexos en común. Creo que vale la pena revolver un poco en sus variantes y, sobre todo, reivindicar que siga viva.

Sardinas rancias, de casco o de tabal en el mercado de Zaragoza

Actualización: En las apenas 6 horas que lleva el texto publicado ya me han hablado de los chicharros lañados de la zona de Viveiro (también los hay en Cariño y en Foz), de la tainha seca alentejana (un escualo) y del pichelim, (una lisa) que se secaba tanto en Aveiro como en el Algarva. También me comentan sobre cómo las Ilhas Dessertas de Azores fueron pobladas por colonos algarvíos y alentejanos y sobre cómo eso creó toda una serie de influencias de ida y vuelta. Está claro que hay que seguir trabajando el tema. 

30.4.13

DE LISTAS, EMBARGOS Y RECONOCIMIENTOS

Ayer se hizo pública la lista de los 50 mejores (que en realidad son 100) restaurantes del mundo según la revista Restaurant. Y este año, por fin, el número 1 del mundo fue para El Celler de Can Roca. Me alegra muchísimo por varios motivos. El primero de ellos es que allí disfruté de la que hasta el momento ha sido seguramente la cena que más me ha impactado. El segundo es que son gente humilde, discreta, que llevan años revolucionando la creatividad culinaria española e internacional sin armar un gran revuelo. El tercero es que son, seguramente, el mejor ejemplo de restaurante redondo en el que cocina, vino, sala y mundo dulce cobran la misma importancia. Así que, se mire por donde se mire, me alegra enormemente su clasificación.

Como me alegra también mucho la importante subida de Quique Dacosta, otro cocinero al que admiro y en cuyo restaurante he disfrutado también mucho, que este año pasa del 41 al 26.

Dicho esto, hay toda una serie de cuestiones relativas a la lista que me gustaría comentar. La primera es todo ese revuelo que ha habido en los últimos años sobre si era o no objetiva, sobre si era rigurosa, fiable, etc. Este año, por aquí, la cosa está mucho más callada. Y, la verdad, resulta muy feo que la lista no sea seria cuando gana otro y ahora que gana un español todo el mundo (o casi) se calle. A mi me sigue pareciendo igual de seria que otros años, es decir, bastante, teniendo en cuenta, claro, los intereses comerciales que tiene detrás, que creo que son evidentes no solo por los anuncios que insertan en la gala, o por el nombre mismo del premio, sino también por una serie de cuestiones que se pueden ver analizando un poco la lista:

La organización tiene intereses comerciales en Asia, donde acaban de lanzar los premios 50 Best Asia. ¿Cuál es la zona, casualmente, con más representantes en la lista de los 100 mejores? Exáctamente, Asia, con un 15% del total, un 3% más que los siguientes, que son Estados Unidos y Francia. Por cierto, que se acusa a la lista de Francofobia, pero hay 13 restaurantes franceses (incluyo el de Ducasse en Monaco) en la clasificación, lo que los convierte en la tercera potencia en términos absolutos, por encima de América del Sur en su conjunto,  España  Escandinavia o de Reino Unido. Y eso sin contar los restaurantes franceses o con cocinero francés (Eric Ripert, Daniel Boulud...), que hay en otras zonas geográficas de la lista, porque teniendo a estos en cuenta Francia tendría un total de 17 y se pondría a la cabeza, muy por delante de Reino Unido, país de la organización. Un dato al que darle vueltas.

Además, analizando la lista con calma vemos que hay un reparto geográfico exquisitamente cuidadoso, con especial énfasis en las zonas en las que la empresa organizadora tiene intereses, pero repartiendo muy bien la jugada. Y, por cierto, aunque nadie lo está diciendo por ahí, ojito al área alemana (Alemania, Austria, Suiza). 8 restaurantes en la lista (más que España), puestos 9 y 10, etc. Y si hablamos de número de representantes en relación con el tamaño del país, atención a Bélgica, que tiene 3.

España es, sin duda, la vencedora en la cabeza de la lista. Puestos 1, 3 y 8. Eso es indiscutible. Ningún otro país tiene tres representantes en el Top 10.  Ahora bien, la primacía española es más discutible si se abre la lente. Entre los 25 primeros clasificados España se mantiene con esos tres, por debajo de Francia (4) y Estados Unidos (4) o al nivel de América del Sur (3). Si nos vamos al Top 100, España es la quinta potencia en número de representantes. Según se va bajando desde el vértice de la pirámide la presencia española se va diluyendo.

El Celler de Can Roca sube -y lo hace, además, al número 1-, como sube también, y mucho, Quique Dacosta. Pero al mismo tiempo Mugaritz se queda en el 3 (aunque acumula 8 años en el Top10, todo un logro), Etxebarri pierde 14 puestos y Carme Ruscalleda desaparece de la lista. Con excepción de la cabeza de la lista, casi va una cosa por la otra. Y si se tiene en cuenta el puesto medio de los representantes de cada país, es cierto que España es la primera, pero la diferencia con Escandinavia (con la que comparte número de clasificados) es bastante escasa. Más datos sobre los que pensar.

Si tenemos en cuenta las incorporaciones a la lista de los diez mejores en los últimos años, no ha habido ningún español en sumarse en los últimos 5 años, desde que El Celler de Can Roca entró en 2009. Y, de hecho, con la desaparición de ElBulli se perdió uno, mientras Arzak y Mugaritz han oscilado poco en este tiempo (Mugaritz lleva entre los puestos 3-5 al menos seis años y Arzak entre el 8-10 otro siete, lo que en cualquier caso es una muestra asombrosa de regularidad).

Nada de eso le quita mérito a los mencionados El Celler de Can Roca, Mugaritz, Arzak, Quique Dacosta y compañía, pero ayuda a tener una perspectiva más amplia. O dicho en otras palabras, sin restarle un ápice de mérito a los galardonados, ayuda a relativizar las muestras excesivas de euforia sobre el papel de España en la cocina internacional.

Todo esto, claro, sin poner en duda la validez del jurado y del sistema de votación que a mi, personalmente, me gusta tanto (o tan poco) como cualquier otro y que, en cualquier caso, está haciendo las cosas realmente bien a nivel de marketing. Pensemos dónde estaban hace 10 años y dónde están ahora.

Lo que sí que reconozco que me gusta más bien poco es lo que hay detrás, en las tripas de éste y de otros galardones similares: lobbies de poder haciendo fuerza, organizadores de eventos haciendo piña con sus cocineros de cabecera, cocineros que se pasan el año en una campaña permanente por los cinco continentes... entiendo qué tiene que ver eso con el negocio puro y duro, pero hasta qué punto eso tiene que ver con la cocina se me escapa. Y, repito, no me gusta nada.

Me quedo, sin embargo, con la declaración que le hacía ayer mismo Joan Roca a José Carlos Capel: " Estoy feliz por lo que representa para la cocina española. Necesitabamos un nuevo golpe de autoestima". Ojalá el reconocimiento a los Roca sirva también como empuje para el conjunto de la cocina española.

No quiero terminar sin comentar la polémica sobre la filtración de los resultados unas horas antes. Es cierto que había un embargo solicitado por la organización, pero no es menos cierto que esos embargos afectan a quienes participan en el evento junto a los organizadores y no al conjunto de los comunicadores internacionales. Y, sí, ha habido una filtración. Si las hay de un consejo de ministros, es lógico que aquí también pueda haberlas. Pero cuando las hay de un consejo de ministros no se levantan tantas voces. En mi opinión, si alguien ajeno a la celebración consigue esos datos, que obviamente son noticia, no sólo está en su derecho de publicarlos sino que, como informador, tiene una primicia muy jugosa entre manos. Claro que yo no soy periodista, así que es simplemente una opinión personal.

Desde mi punto de vista, no profesional y seguramente no muy autorizado, después de que éste haya sido el tercer año en el que hay filtraciones sobre unos resultados embargados queda claro que la organización no tiene mayor interés en evitarlos. Para hacerlo bastaría con no distribuir antes la nota con las clasificaciones. Y si eso afecta a la hora de cierre de los medios, con adelantar la gala una hora o dos se solucionaría el problema. Claro que con eso no se podría tener la nota escrita de antes y disfrutar luego de la gala y posterior fiesta en directo, pero se garantizaría el secreto. En fin, que es el tercer año que pasa parece que a los organizadores no les importa en absoluto. Tres horas más en las que se habla de ellos.

Así que felicidades a los ganadores, enhorabuena a la cocina española por sus estupendos resultados, pero también a Estados Unidos, Escandinavia, Italia, Francia, Alemania... Y hasta el año que viene,  cuando volveremos a darle mucha más importancia a todo esto de la que seguramente tiene.




24.4.13

RESTAURANTE PEDRO E O LOBO (LISBOA)

No queríamos irnos de Lisboa sin probar, además de mercados, mercadillos, casas de comidas y restaurantes de otro corte, una faceta más formal de su cocina. Así que, al final, nos recomendaron el restaurante Pedro e O Lobo, que es uno de los que más están dado que hablar en los últimos meses en Lisboa y que, a pesar de sus poco más de dos años de andadura, se ha convertido ya en una referencia en la ciudad.



El cocinero, Diogo Noronha, pasó por el Per Se de Thomas Keller y, en una larga estancia en Barcelona, trabajó en los equipos de Jordi Vilá y de los Roca (en el Moo), antes de volver a Portugal. Es un cocinero joven, muy interesado por la cocina española, de la que está muy bien informado, por lo que pudimos ver en la charla que tuvimos con él.

El local, en una esquina Art Decó del centro de la ciudad, tiene una estética muy cuidada (uno de los socios del cocinero es arquitecto). Tonos oscuros, luces bajas y maderas que, en nuestra visita nocturna, no lo pusieron nada fácil para hacer fotos. Mis disculpas por ese apartado del post, que he intentado salvar con algunas imágenes tomadas de la página del restaurante.

Primera sorpresa: el precio del menú degustación (38€ IVA incluido), que incluye aperitivo, dos platos, postres y petit-fours y que en esta ocasión el cocinero alargó ligeramente para nosotros. Sorprende, en pleno centro de la capital, en un local de estos planteamientos encontrarse precios de ese orden. La comparación con ciudades españolas equivalentes es inevitable.





Empezamos con unas cortezas de novillo, cerdo y arroz con salsa de Dijon, agradables, antes de comenzar con el menú propiamente dicho, que arranca con una crema de puerro con hierbas frescas, cecina y manzana encurtida. A continuación se sirvió el que fue, por unanimidad, el plato de la noche, una crema de ostras del estuario del Sado, áspic de ginebra y manzana verde, arena y sabor del mar, que se acompaña con un gintonic. Muy sabrosa la crema de ostras, matizada por los toques de manzana, de algas y de salicornia y el punto amargo y aromático de la ginebra. Me gustó mucho.

El menú continúa con un guiño a la cocina casera portuguesa de siempre, un calamar relleno con tosta de pan con chorizo y caldo de pimientos, un tanto contundente (sobre todo el relleno) después del plato anterior. Me gustó más el rodaballo con remolacha en tres servicios y cremoso de patata. Estupendos el pescado y el puré y rica también la remolacha (asada, en crema y en chips), aunque por momentos se hacía con el resto del plato.



Las carnes comenzaron con una carrillera de porco preto, caldo de ciruelas, puré de taro y nieve de rábano. Pero el punto más alto de este capítulo del menú llegó con un estupendo taco de novillo, salsifí, tupinambo y cogollo de lechuga braseada. Carne buenísima, de la zona de Alcochete (en la otra orilla del estuario del Tajo) y acompañamientos sencillos que no la enmascaraban.

Muy buena sensación también en los postres, tanto con el primero, sorbete de fresa, kumquat, menta y auga de As Pedras, muy refrescante, como con el de avellana, sablé, crema de avellanas y burbujas de cacao. Al contrario de lo que pasa en tantas ocasiones, esta vez me pareció que los postres estaban, como poco, a la altura de la media del menú, cosa que se agradece mucho.



Los vinos fueron un Quinta da Foz de Arouce 2008 (Beiras), y un sorprendente Sangiovese portugués de la región de Ribatejo: Ánima 2008.

Interesante visita a un restaurante sin complejos que pelea por hacerse un nombre en una Lisboa en la que el sector gastronómico no lo está pasando especialmente bien. Relación calidad/precio más que correcta dada la oferta y el local y, sobre todo, llegando desde España, una experiencia curiosa en cuanto supone una visión diferente a la española de este tipo de cocina. Mucho producto local y algunos guiños que a los llegados desde aquí se nos hacen novedosos junto con muchas otras cosas que nos resultan familiares.

23.4.13

El SÍNDROME "TODO MEJORA SI LE PONES GAMBAS"

En realidad yo no quería hablar de un tema sino de dos. Uno es la obsesión por añadirle gambas a todo y otro la obsesión que tanta gente parece tener por querer (y creer que puede) mejorar recetas canónicas añadiéndole cosas. En muchos casos esas cosas son gambas, así que de alguna manera el círculo se cierra. Pero no querría que se me entendiese, tal como alguien sugería hace poco en redes sociales, como "la policía purista", ni mucho menos. Se trata, simplemente, de tratar de entender las razones por las que esto ocurre con tanta frecuencia y, sobre todo, de explicar por qué es algo que critico (con todo el respeto posible, aunque a veces con ironía) con tanta frecuencia.

Las gambas no son el problema. Poca gente hay a la que gambas, langostinos y demás familia le gusten tanto como a mi. Pero normalmente no hablamos de esas cuando las incorporamos a cualquier receta. Una buena gamba de Huelva o  un langostino de Sanlucar son una cosa muy seria. Palabras mayores. Tanto por si solas como en algún plato. Recuerdo, por ejemplo, unas fabes de Marcos Morán servidas con langostinos de Sanlucar que eran para levantarles un monumento.



Pero por desgracia normalmente no hablamos de esas gambas. Hablamos de esas otras que se venden a partir de 5,95€/Kg, según calibres, en la tienda de congelados de la esquina. No sabemos cuál es su origen, seguramente lo pone en la etiqueta pero ni la miramos; no sabemos cómo ha sido criada y/o capturada. Nos da igual una gamba del delta del Mekong que de las Malvinas, del Índico o de algún punto del Pacífico. Nos da igual la especie. Nos da igual si su cría es más o menos respetuosa con el medioambiente o que por ese precio sea difícil que las condiciones laborales de los pescadores que las capturaron puedan ser dignas. Nos da igual todo. Por darnos igual, nos da igual, incluso, que sepan poco, que ese poco sabor que queda sea de todo menos sutil y que la textura no recuerde en nada a la de una gamba de calidad.

La gamba pasa a ser una especie de símbolo de estatus. Si un plato nos parece pobre le añadimos unas gambas (o mejor unos langostinos) y todo mejora. Habría que ver qué es pobre (¿Con pocos ingredientes? ¿Barato si lo vendiésemos al kilo?) y qué le aporta la adición de este ingrediente, pero esa parece ser la tónica. La gamba da ese punto de distinción, de modernidad... si vale para un salteado del sudeste asiático, también le dará un cierto aire cosmopolita a una empanada, a una pasta, a una salsa, a una ensalada... gamba/langostino, foie, trufa. Son ejemplos de cosas que suelen ponerse en los platos para darles un aire más sofisticado. Y de productos que suelen usarse en sucedáneos de dudosa calidad, con lo cual el efecto logrado tiende a ser el contrario del que se perseguía.

De todos modos, tampoco querría que se entienda que tengo una obsesión con las gambas que, repito, usadas con sentido común y si son de una calidad mínima me parecen estupendas. Podría hablar también de rúcola, de tomates cherry o -venga, sí, lo digo- gulas. Se trata de esa obsesión por mejorar, por dotar de más calidad, basándonos en productos resultones (sobre todo visualmente) pero igualmente baratos.

Mejorar. De acuerdo, pero ¿Mejorar qué?. Es muy frecuente, si leemos blogs o algunos libros o revistas de cocina, que nos encontremos con cosas como "he preparado esta tradicional empanada, pero le he dado un toque nuevo añadiendo unas gambas". Bien, desde mi punto de vista nada impide revisitar una receta, pero por lo general añadirle unas gambas no es darle un toque, es transformarla por completo, convertirla en otra cosa. Darle un toque es cambiar la pimienta por otro condimento más o menos afín, sustituir un sofrito de pimiento fresco por otro con ñora. Poner unas gambas donde no las había es darle la vuelta por completo a la receta. Eso nos lleva del "Mejorar qué? al ¿Mejorar cómo?. Y añadir, así, por las buenas, porque sí, no es mejorar necesariamente.

Ahora habría que entrar en si eso es bueno o es malo. Es bueno si a ti te gusta. Por ahí no hay más discusión. Pero en cocina no todo es cuestión de gustos. O dicho de otra forma, que sé que puede sonar un poco presuntuosa, por mucho que a mi me guste (imaginemos) el chocolate con chorizo, eso no lo convierte en una buena combinación. Lo que nos lleva a la siguiente pregunta ¿Qué es una buena combinación? Pues, sencillamente, la que tiene sentido.

Nos encontramos, por lo tanto, con la tercera duda en esta cadena ¿Qué tiene sentido en cocina? La respuesta es compleja, pero puede tratar de explicarse: tiene sentido aquello que responde a alguna lógica razonada. Tiene sentido la sustitución de elementos por algo que tenga alguna afinidad con ellos (por pertenecer a una misma familia, a un mismo tipo de sabores), aunque cuidando no resultar redundante. Un plato de gambas no es mejor, por mucha afinidad que exista, si además le añadimos cigalas, camarones, galeras y unas vieiras para dar más textura al bocado. La afinidad tiende a perder su lógica si se abusa de ella.

Tiene sentido la sustitución respetando determinadas asociaciones canónicas de sabores o, por el contrario, buscando conscientemente romper esas combinaciones canónicas y jugar con la provocación por medio de opuestos; tiene sentido, a veces jugar con efectos metafóricos, metonímicos o de sinécdoque (gazpacho de remolacha, risotto de coliflor (en el que la coliflor desgranada juega el papel de granos de arroz), "como una tarta de manzana", "el mar en el plato", Tarta Sacher invertida...),  tiene sentido añadir elementos que tienen una lógica histórica (hoy se hace así, pero en el S.XVIII se añadía también esto) o geográfica (aquí lo hacemos así, pero en el norte de Europa ponen también...); tiene sentido romper las normas que rigieron la concepción originaria de ese plato (pongamos, por ejemplo, el canon culinario occidental) para jugar con otras (digamos el canon de construcción de platos y de presencia de sabores en el sudeste asiático), o quebrar las normas técnicas (una tortilla de patatas con la patata pasada por sifón y servida en copa para tomar con cuchara)... las posibilidades son casi infinitas.

¿Dónde está el límite, entonces? El limite está, sencillamente, en la pregunta ¿Por qué?. ¿Por qué añades ese ingrediente a esta receta? tiene que tener una respuesta clara y directa. Y "porque a mi me gusta" vale para tu satisfacción personal pero no dota de sentido al plato. Si antes de añadir o quitar algo a un plato nos parásemos en ese ¿Por qué? las cosas tenderían a tener mucho más sentido.

Pero una vez que hemos contestado a ese ¿Por qué? no está todo ganado. El concepto teórico puede ser muy bueno, así que podemos dar respuesta a la pregunta. Pero finalmente tendremos que responder a otras dos ¿El cambio ha valido la pena? Y si la respuesta es afirmativa de nuevo volveremos al ¿Por qué?.

No es fácil decir por qué un plato es un gran plato y otro no. En algunos casos está claro: errores de técnica, productos de mala calidad, etc. Pero en otros todo encaja y, sin embargo, parece haber consenso en que le plato no es una gran cosa. Suele deberse a que la respuesta a alguna de las tres preguntas anteriores falla. No siempre es tan sencillo como eso, pero para empezar es una buena guía.

Vengo del mundo del arte. Allí el problema suele ser el mismo. Gustos y calidad no siempre van de la mano. Y en cuestión de gustos todo es (más o menos) legítimo. Si a ti te gusta, perfecto. Pero eso no lo convierte en bueno. Lo bueno está al margen de gustos y, por lo general, de opiniones, aunque haya cosas que se pueden matizar. Rothko, por irnos a un ejemplo clásico, es bueno al margen de que te guste o no. Y hay cosas que por mucho que te gusten (a tí o a mi) y las elijas para decorar tu salón no son una gran obra de arte. Conviene tener esto claro.

En cocina pasa exactamente lo mismo: hay platos buenos y platos que, por mucho que te gusten, no lo son tanto. Es difícil poner el límite entre una cosa y otra, se trata de poder dar respuesta a las tres preguntas anteriores y de combinar eso con un poco de sentido común. A partir de ahí es cuestión de gustos y de preferencias, por eso es tan complicado decir qué es bueno y qué es malo, en abstracto. Pero algo hay. Hace unos días nos sentábamos en una mesa cuatro personas de edades, gustos y nacionalidades diferentes. Dentro de un mismo menú compartido hubo platos que nos gustaron más a unos y otros que gustaron más a otros. Pero hubo un plato en concreto, una crema de ostras con aspic de ginebra, dados de manzana verde, salicornia y algas, que nos puso de acuerdo a todos sin hablarlo. No era una receta clásica, no había una combinación canónica de sabores y, seguramente, no encajaba exactamente con lo que cada uno de los cuatro podría tener en la cabeza como bueno, malo, clásico... Pero a los cuatro nos pareció un platazo. Difícil decir por qué. Pero hay algo que hace que lo fuera, aunque no sepamos definirlo.

Todo esto para decir que, al final, se trata de ponerle a las cosas un poco de sentido común. Y de humildad. Que Massimo Bottura (O Redzepi, o Atala, O Adrià...)pueda hacer cambios radicales en un plato y conseguir resultados fantásticos no quiere decir que cualquiera pueda hacerlo. Hay muchos años de oficio de diferencia, de experiencia, seguramente de bagaje culinario. Y ese algo intangible que hace que algunos cocineros sean unos genios revolucionarios y otros no.

Y luego, al margen de todo lo anterior, está la cuestión de los clásicos. De nuevo sentido común ¿Mejora un caldo gallego con unas gambas? ¿Unos callos a la madrileña si les añadimos unas gulas? Y además de sentido común, de nuevo humildad y, sobre todo, tratar de entender las recetas. Si una carbonara es un plato sencillo es por sus orígenes históricos. Si además consigue un equilibro perfecto de sabores es, seguramente, por la simplicidad de la fórmula y por su perfeccionamiento a lo largo del tiempo. ¿No es mejorable? Es posible que lo sea, pero no creo que resulte fácil. Es decir, seguramente se pueden probar combinaciones nuevas, cambios de proporciones... y en muchos casos se fallará. Ponle unas gambitas a esas lentejas con chorizo, a ver qué pasa, unas hojitas de rúcola a esos callos, para aligerar y dar volumen al plato. Seguramente el resultado, gustativamente, no sea malo, pero es más que probable que no sea una gran aportación.

Una vez más volvemos a las preguntas clásicas ¿Por qué le voy a añadir gulas a esa carbonara? ¿Qué sentido tiene? ¿Qué gana?. Si las respuestas son "porque me apetece" o "porque a mi me gusta" y no somos capaces de ir más allá igual no es una gran idea. ¿Tiene algún sentido esa incorporación? Si nos cuesta argumentarlo, más allá de la estética o de añadir un producto supuestamente resultón, volvemos al mismo problema.

Por último está una cuestión de respeto a la tradición. Ojo, respeto no quiere decir plegarse a ella ciegamente. Quiere decir respeto, conocerla, intentar saber cuáles son los motivos que le han dado forma, entender el sentido que tienen las cosas dentro de ella, por qué un plato es así y no de otra manera. Desde ese respeto es, en mi opinión, desde el que se pueden proponer cambios, modificaciones y todas las variaciones que se quiera. Porque de ese respeto nace la comprensión de un plato -de una técnica, de una tradición gastronómica- y a partir de ahí se puede empezar a trabajar. Pero si eres, como suele pasar, de los que creen que una paella es como es, que un caldo gallego admite variaciones hasta un punto, que un gazpacho manchego no puede ser de lubina con acedera... ¿Por qué, entonces, crees que esa carbonara mejoraría con unas gulas? Si eres de los que se ríen (y con razón) con las recetas de gazpacho o de tortilla española que aparecen en ocasiones en recetarios o revistas de otros países, ¿Por qué haces exactamente lo mismo con sus platos?

Dicho todo esto, por supuesto que puedes ponerle gulas a tu carbonara. O pollo a tu caldeirada de pescado. Pero eso no es una carbonara o una caldeirada. Es otra cosa. Igual es muy buena, pero otra cosa. Para llevar a cabo ese tipo de cambios/incorporaciones hay que tener en cuenta no sólo qué tiene sentido en un ámbito general sino, también, qué tiene sentido dentro de la lógica de ese plato (la tradición de la que nace, que no siempre es la misma que la tuya y no tiene que responder a los mismos criterios).Puedo ponerle a mi tortilla de patatas un poco de caballa en lata, tal vez unos berberecho. O algo de repollo. Pero nadie le llamaría tortilla de patatas ¿Verdad?.  Puedes hacerlo, podemos discutir si tiene sentido o no, puede incluso que te encante. Pero no es una tortilla de patata.

No tengo ninguna duda de que habrá infinidad de críticas a este texto, porque hablamos de algo que está en el límite de la opinión. Y en opiniones, ya se sabe, tendemos a creer que todo vale (aunque habría bastante que decir sobre eso). Lo sé y lo asumo. Pero, si queremos verlo en esos términos, al final esto no es más que mi opinión, el sistema por el que intento argumentar mis preferencias. Un conjunto de normas tán válido -o tan absurdo- como casi cualquier otro. Nada más.

22.4.13

OTRA LISBOA GASTRONÓMICA

Siempre que viajo a una ciudad que no es la mía intento, además de visitar cuantos bares, restaurantes y casas de comidas me es posible, dar una vuelta por algún mercado, entrar en los supermercados (es sorprendente lo que las diferencias entre una ciudad y otra o un país y otro dicen de la gente que vive en ellos) y moverme un poco al margen de lo que recomendaría una guía gastronómica al uso. Es decir, además de los locales de moda, de los más conocidos y de los clásicos de toda la vida, tiende a haber toda una serie de tiendas, tradiciones locales, formas de consumir y costumbres que muchas veces se nos escapan y hacen que vivamos sólo la capa más superficial de la gastronomía local.



Así que siempre que puedo le pido a algún conocido de esa ciudad recomendaciones para moverme un poco por esas otras capas, para conocer un algo de la historia de la alimentación en la ciudad o para curiosear por barrios menos turísticos en los que pueda haber cosas interesantes.



De esa manera es cómo, charlando con el cocinero André Magalhaes (de la Taberna da Rúa das Flores), que además se encarga de unos cursos de historia gastronómica de la ciudad, surgió la posibilidad de ir con él un par de días más tarde a hacer la compra en el mercado para una cena que tenía que preparar y, ya de paso, darnos una vuelta por la Lisboa menos conocida.



El Mercado da Ribeira es un lugar bastante visitado por turistas pero, aun así, sigue siendo un punto de compras importante para mucha gente de la ciudad. No tiene aspecto de trampa para extranjeros despistados (como pasa en otras ciudades) y, de hecho, la selección de productos "típicos" para el turista es más bien escasa.




Con André nos dimos una vuelta por sus pescaderías de confianza, hablando del pez espada (el portugués, no el español) blanco y el negro, del pampo (pámpano), de cómo se cocina la morena, de cuáles son las mejores anguilas o de cómo hay que limpiar una tremelga (un tipo de raya conocida en español con tembladera o raya torpedo). Paseando luego por la zona de verduras nos explicó el uso de alguna hierba silvestre, como la Carqueja (carqueixa en gallego, carquesa en español) empleada para guisos de caza. Pero, sobre todo, nos explicó el proyecto de rehabilitación del mercado y cómo la crisis económica lo tiene paralizado.




Saliendo ya del mercado paramos el dos puestos de la entrada. El primero de ellos está dedicado a productos de las antiguas colonias africanas y es una caja de sorpresas. Junto a hojas y más hojas de bacalao, una selección de aceites de palma, maiz preparado para la elaboración de cachupa, todo tipo de legumbres y, sobre todo, una infinidad de pescados salados, secos o ahumados con los que la tradición africana intentaba, en su momento, acercarse a la manera de comer de los colonos portugueses: raya, tilapia, corvina y pescados de río imposibles de identificar para mí tratados como un bacalao o secados mediante exposición directa al humo de una hoguera.



El segundo puesto interesante fue el de Herdade do Freixo do Meio, una finca cercana a Montemor-o-Novo (Alentejo), en la que se producen alimentos tradicionales respetando los oficios de siempre y buscando sistemas de producción responsables con el entorno que faciliten resultados de calidad. Aceites, carne, panes, tomates secos, salsas (de tomate y de pimiento), pero también carne fresca, salchichas, verduras o hasta criadillas de tierra, además de productos elaborados con corcho de la finca y algunas cosas más. La verdad es que me gustó mucho. Y el pan, que probamos, era estupendo.



Al salir nos fuimos a Casa Cid, un pequeño bar frente al mercado que pasaría completamente desapercibido si no nos lo recomendase alguien. Nuestro desayuno de media mañana consistió en una jarra de vino de la casa acompañada por hígado aliñado, un escabeche blanco casero de jurelitos, unos chicharrones de unto y unas cortezas de cerdo cocidas y aliñadas muy curiosas. Todo esto, con el pan, costó 5€ por persona. Raciones caseras, sencillas, preparadas a diario para un público compuesto fundamentalmente por trabajadores del mercado y gente del barrio. Otra perspectiva sobre la forma de comer en Lisboa.





De allí nos fuimos directos a la plaza de Martim Moniz, donde hoy se encuentra un pequeño mercado con puestos de comida de distintas partes del mundo. Vale la pena curiosear: hay puestos con cosas de China, de Japón, latinoamericanas... Pero mucho antes de eso y antes incluso de las reordenaciones poco afortunadas de la zona, Martim Moniz fue el punto de llegada para la mayoría de los transportistas y mercancías que llegaban del norte y que entraban en la ciudad por lo que hoy es la avenida de Almirante Reis, por el valle de un pequeño río hoy desaparecido bajo el asfalto. Así que allí, entre los almacenes y los grandes garajes (muchos de los cuales todavía existen, aunque con otros usos) se encontraban productos de buena parte del país y se organizaba todo el reparto de comida por la ciudad.


Martim Moniz era, también por ese motivo, zona de tabernas y casas de comida con especialidades del norte (transmontanas o minhotas, pero también gallegas) y una zona de prostitución. Hoy Martim Moniz es el límite de una serie de barrios en los que se han asentado comunidades chinas, indias y nepalíes y en los que en alguna zona (Intendente) sigue existiendo prostitución.

Lo más interesante del barrio, sin embargo, son los pequeños colmados indios y pakistaníes, los grandes supermercados y las pescaderías chinas, etc. André nos explicaba cómo toda la zona está plagada de negocios ilegales (alojamiento, prostíbulos, restaurantes...) que se identifican por signos en alguna ventana que pasan completamente desapercibidos para los occidentales.




Entrando en una pescadería, probando un producto de una tienda china, curioseando en algún restaurante con dulces de la región de Bengala o en un colmado de Oriente Medio llegamos a un sitio en el que el cocinero suele comer: un sencillísimo restaurante de cocina china de la región de Hunan. En el mostrador hay  una docena larga de productos expuestos. Eliges los que quieres, los pasan por el wok y te los sirven.



En nuestro caso tomamos helechos salteados, intestino de cerdo, una especie de navajas (por aspecto parecían navajas, aunque por longitud estaban más cerca de almejas) y tendones de ternera. Todo esto, más una cerveza, costó 10€ por persona. Fue una experiencia de lo más interesante. André nos contaba que, por complicado que parezca, esas navajas que tomamos llegan vivas y frescas a la ciudad junto con productos como ranas, percas asiáticas, pepinos de mar o cangrejos, que luego se sirven en este tipo de restaurantes.



Ya de vuelta al hotel, cansados, paramos a comprar unos Pastéis de Belem en la Confeitaría Nacional. El broche turístico para unas horas de recorrido gastronómico por la ciudad. Los pastéis no son, definitivamente, los mejores de la ciudad (de hecho, eran mejores los del desayuno del hotel) y sin resultar prohibitivos (1,10€) son más caros que otros. Pero hay que reconocer que el local y su historia lo merecen, así que los doy por bien comprados.


Al final, una mañana dedicada a visitar mercados y tabernas, a aprender cómo come (y cómo comía) la gente en la ciudad, a saber algo de su historia alimentaria, a conocer un poco de su vertiente étnica más reciente y a volver a un clásico, aunque fuera en su versión más turística. Tiempo bien aprovechado.

20.4.13

A TABERNA DA RÚA DAS FLORES (2013, LISBOA)

Con frecuencia ocurre que te sientas a la mesa de un restaurante, seguramente muy bueno, le das un vistazo a la decoración, vas probando platos y vinos y, sí, está muy bien, pero si te abstraes por un momento y lo piensas el restaurante puede estar en la ciudad en la que estés o en casi cualquier otra. En Barcelona, en Vigo, en Murcia o en Málaga. Y eso, sin restarle calidad a la propuesta culinaria del local le quita algo a la experiencia en su conjunto. Es mucho más raro sentarte a la mesa de un restaurante y sentir, sin ningún lugar a dudas, que ese proyecto sólo puede ser allí, en esa ciudad. Me pasa en Culler de Pau, en Besana o en Casa Gerardo, por mencionar tres. Y eso es lo que pasa en la Taberna da Rúa das Flores. Por eso esta taberna puesta al día, sin pretensiones de gran restaurante, sin querer ser nada más que lo que es, es uno de los restaurantes que más me han gustado en los últimos años. Porque restaurantes buenos hay muchos, por suerte, pero restaurantes únicos no tantos.



Para no alargar más el preámbulo diré simplemente que para mi, cada vez más, lo importante, lo que de verdad me gusta, es encontrar sitios con alma, restaurantes en cuya propuesta lees a la gente que está detrás. No es tan importante si todo es técnicamente perfecto, si las presentaciones están a la moda de 2013, si todo funciona como un reloj. Cada vez más quiero estar en sitios que me interesen, que me den ganas de preguntar, que me arranquen una sonrisa. Y eso es la Taberna.



André Magalhaes, el cocinero (que dejó una carrera como cocinero "convencional" para dedicarse a la taberna entre otras cosas), es ya un viejo conocido. En próximos posts hablaré de otras visitas que hicimos con él en la ciudad, pero ahora lo traigo al texto para explicar que le escribimos desde España, le pedimos una mesa y todo lo demás lo dejamos a su decisión. Así que el menú lo decidió él a partir de platitos de la carta, pasando por preparaciones muy tradicionales, por influencias de sus viajes de los últimos meses y por productos de otras zonas de Portugal. Cocina de Lisboa, cocina portuguesa y cocina de la Taberna (difícil de clasificar en otro epígrafe) en una sucesión de platos que iban llegando a la mesa de la mano de una historia, de una anécdota o, a veces, de una explicación escueta: probad esto, a ver qué os parece, y luego os cuento.

Mientras esperábamos por los primeros platos, Magalhaes nos sirvió el aperitivo de la Taberna (moscatel, tónica y piel de naranja, bien frio), unas aceitunas y un aceite con una cesta con tres panes diferentes. Y pronto teníamos frente a nosotros las ostras de la desembocadura del Sado en Michelada. Estupendas, con el salado y el picante de la bebida mexicana potenciando el yodado de la ostra. Me gustaron mucho.




Después, por influencia de los viajes a Asia del cocinero, el salmón marinado con kimchi casero (Maguro Kimuchi en la carta). Y justo a continuación un giro de planteamiento en el menú, con unas clásicas almejas a la Bulhao Pato, preparadas con almejas del estuario del Tajo, gracias a las cuales me enteré, además, de la historia del célebre Bulhao Pato. Seguimos con un Pampo (pámpano) en lascas con salsa de tomate, aceitunas y albahaca para llegar a otro de los platos estrella de la noche, para mi gusto, el chipirón relleno de panceta y batata, una versión libre basada en la tradición portuguesa de los calamares rellenos. Fantástico el cefalópodo, apenas blanqueado unos segundos, firme, de sabor suave potenciado por su tinta, con la presencia justa de relleno. Otro plato para recordar.




El vino fue un descubrimiento: Quinta da Lapa, un blanco producido a 40 Km de Lisboa con dos uvas autóctonas. En la cena probamos el 2011 y al día siguiente tuve ocasión de probar el 2012, ambos con una mineralidad característica muy marcada, pero diferentes entre si.





Seguimos con un escualo seco que Magalhaes trae de Madeira, donde se secan artesanalmente, que se sirve rebozado y frito. Muy interesante, entre un bacalao y las tradicionales zapatas de las Rías Baixas. Y de nuevo de vuelta a la tradición lisboeta con la desfeita enteira, un juego sobre la clásica meia desfeita (bacalao desmigado con garbanzos), que aquí se sirve con las legumbres convertidas en puré.  Después Veja (un pescado de Azores) con verduras, ambos rebozados, para terminar con otro de los grandes recuerdos de la noche: el tocino de atún. Se trata de una ventresca de atún muy grasa que se adoba con romero y se hace unos segundos al fuego, para darle temperatura y un punto de ahumado. Fantástica.




A estas alturas de la noche, entre el cansancio, el vino y la conversación, que se animaba por momentos según se iba uniendo gente, creo que tomamos un postre, pero lo cierto es que no lo recuerdo. Y es una lástima, pero estas cosas pasan.

La Taberna no trabaja con menú, pero una selección de platitos como la que tomamos rondará los 35-40€ más bebida. Es posible cenar allí de manera más que satisfactoria por bastante menos. Me parece un precio más que razonable, teniendo en cuenta no sólo los platos en abstracto sino, sobre todo, la procedencia de los productos, el esfuerzo por recuperar platos tradicionales, trabajar con artesanos de la pesca, con productos muy locales y por hacer algo que es único. Me gusta ese ambiente canalla (aquí sí) de la Taberna, siempre llena, justa de espacio, con un cierto ambiente de otra época y llena de sorpresas a precios más que razonables. El precio medio de las ofertas de su pizarra ronda los 5/6€, con cosas por debajo de esa cifra.

Fue mi segunda visita al local y me hace romper con mi costumbre de la última temporada de no hablar varias veces de un restaurante. Me la salto cuando la experiencia lo justifica. Y para mi, sin lugar a dudas, es el caso. La Taberna consigue que me olvide de si cada plato es perfecto, de si el servicio funciona como un reloj o de si todo tiene que ver con la última tendencia. Me gusta el sitio porque me invita a llegar, sentarme, olvidarme y  pasarlo realmente bien cenando. Al final es tan sencillo como eso, por mucho que a veces se nos olvide. Por suerte, además, desde allí todo era bajar hasta el hotel, aunque esa es ya otra historia. Volveré en los próximos meses, si nada se tuerce.